Estábamos parados delante de una parada de autobús, aunque un poco elevados sobre el suelo mirándolo todo desde la perspectiva de alguien que mide más de seis metros de altura, un poco elevados, y tampoco en la misma parada de autobús. Estábamos como a doscientos metros de la parada de autobús. A doscientos metros de la parada de autobús y a seis metros de altura sobre la parada de autobús. Sin embargo estábamos en la mismísima parada del autobús. Y estábamos parados.
Me había tocado la lotería, nos había tocado la lotería. yo había visto unos números en el cuentakilómetros del coche de Luis y los había usado para jugar a la lotería y habían salido. Sí, exactamente igual que a Hugo.
Carlos y su hermana (a la que no conocía, ni siquiera sabia que tuviera una hermana) estaban y contentos. Alex (que yo creo que era su hermano Ricardo con la cara de alex) aprovechaba el dinero para irse a Barcelona a ver a la chica que le gustaba. Nosotros de mirábamos en la parada del autobús, justo en frente del Opencor pero a cien metros de distancia y a seis de altura. Al final no se atrevió a subir al autobús. Nos reímos por su falta de coraje.
Andamos entonces avenida arriba y ya era de noche. Se nos cruzaron dos gatos negros y yo pensé para mi que si uno da mala suerte dos ya debían de ser la leche. Entonces apareció un gato blanco con manchas grises justo en medio del paseo. Mucho más iluminado de lo que debería para ser esas horas de la noche.
El gato me miraba con rasgos humanos, como con cara de mala leche. Y yo no le conocía ni le había hecho nada. Y sabia que en cualquier momento saltaría a atacarme. Pero continué caminando.
Al llegar a unos dos metros del gato este dio un salto y conseguí evitarle a duras penas. De nuevo dio otro salto con el que llegó a mi mano y se soltó en seguida. En el tercer salto se agarro a mi cuello. Y ya no se soltó
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario